Cuando enseñar es un orgullo
“Construir el Futuro” es el nombre que rápido hizo ruido en mi cabeza y le dió una nueva perspectiva a mi vida” Dice un Azcurra entusiasmado.

Es que Julio César se repetía a cada rato que tendría que existir una manera de progresar, le llevó bastante tiempo entender que la salida no la encontraría aislándose de todos, y es así que un día como cualquier otro, en el que se encontraba en la fila de la sociedad de fomento de su barrio, esperando para cobrar la poca ayuda que recibe del gobierno, que se entera que podía acceder al plan de alfabetización que pronto lo llevaría a soñar con el secundario.



“Me gustaron dos cosas, una que no dependía de ningún partido político y otra que después de rendir mi primer nivel también podía enseñar a otros lo que yo había aprendido” Nos cuenta un Julio César gratificado.

La niñez de Julio César transcurre entre animales y plantas de un generoso campo, su padre trabajaba en una empresa del estado y su mamá en la chacra, después del colegio llegaba a su casa y luego de las tareas escolares paseaba divertido con un matrimonio de personas mayores que lo habían adoptado como hijo a falta de uno. Es en la pre adolescencia en dónde las cosas se empiezan a complicar, ya que los juegos y los libros se empiezan a mezclar con changas que tenía que hacer para poder ayudar con los ingresos familiares y siendo muy joven todavía pierde a su padre y también el entusiasmo por los libros, viene una época en la que las largas jornadas laborales en un taller mecánico de su pueblo lo alejan totalmente de la idea de estudiar.


Detrás del progreso y la buena paga Julio se traslada a Buenos Aires en busca de mejores horizontes y es allí dónde contento al fin puede formar su propia familia, pero el problema era que ahora no solo debía ayudar a su madre sino también cooperar para que en su casa no falte nada.
Es así que después de mucho insistir consigue el puesto de maquinista en el subte, y allí trabaja por varios años cada vez mas alejado del saber, y es también allí dónde en el último gobierno de Menem lamenta no conocer bien sus derechos al cobrar una indemnización injusta quedándose sin trabajo.

“Eran tiempos muy violentos, después de las privatizaciones de todos los organismos del estado la Argentina entraba en una reseción como nunca antes la había vivido y yo no podía imaginar siquiera el desfile de presidentes que íbamos a tener” recuerda asombrado


“El pueblo todo vivió momentos muy duros, era realmente necesario y aún lo es todavía, que sepamos que tenemos derecho a una vida mejor, y una vida mejor, solamente se construye con trabajo y educación, todo esto lo tengo ahora, pero yo no quiero ser el único quiero que seamos varios...millones si es posible” Comenta estusiasmado

“Es una alegría enorme poder participar de ésta gran obra, me siento digno y orgulloso frente a mis hijas, y también frente a todos, ya no hay necesidad de estar ocultándose por no saber expresarme....es más quiero contárselo a todos” No se cansa de repetir.



Este hombre que hoy posee un frondoso vocabulario, en el que no mezquina elogios para con la vida, nunca pensó, ni en los sueños más remotos, que seria responsable de la educación de otros, o que sentiría semejante orgullo al ver a alumnos suyos recibiendo altas calificaciones después de algún examen, y es este mismo hombre también el que insiste una y otra vez que realmente cuando el deseo es grande y la predisposición es mucha todo es posible, y, cerrando orgulloso su gastado libro de Platón con esos intensos ojos azules es que termina su testimonio recordándonos lo que siempre olvidamos y es que mientras hay vida hay esperanza.
02 Mar 2006 by Departamento de Prensa